Bueno, mientras espero a que yoigo me llame para confirmar la entrega de mi nuevo teléfono móvil asociado a un contrato mensual por 18 meses con XFERA-YOIGO (en adelante, «El Paquete») puedo pasar el rato escribiendo lo que pasa por mi cabeza, así que aquí va (y que conste que lo escribo sobre la marcha) la segunda parte de el artículo anterior sobre la aleatoriedad.
Habíamos hablado sobre la existencia o no de la aleatoriedad en la física. Sin embargo, todo esto parece muy alejado de nuestra vida cotidiana. Parece que nos regimos por nuestra voluntad. Los sucesos suelen tener incluso un motivo, pueden ser generados por seres vivos con motivaciones por tanto. ¿Pero hasta qué nivel es esto real?
Me explico: no podemos demostrar que poseemos libre albedrío, así de simple. Por tanto podemos, dentro de una visión más física y estricta del tema, definir dos posibilidades: mecanicista y aleatoria.
En la primera todo es tremendamente simple (y triste, en cierto modo). Podemos considerar nuestro organismo, cerebro incluido y por tanto voluntad incluida, como una extremadamente compleja máquina. Si suponemos la no existencia de la aleatoriedad, todo se reduce a unos seres autómatas cuyo diseño, condiciones iniciales y condiciones ambientales definen todo el comportamiento posible. Realmente no pensamos porque lo decidamos así. No somos más que máquinas con un engranaje tal que nos llevan, inexorablemente, a hacer exactamente lo que hacemos.
Parece algo inaceptable. Pero un análisis exhaustivo concluye que si bien no queremos que sea así, no podemos demostrar lo contrario. El demostrar o no este caso puede estar también (de hecho lo estaría) por el citado mecanicismo inevitable.
La segunda opción que he mencionado es la aleatoria. En cursiva porque hace falta matizarla un poco. Podemos considerar que en todas nuestras acciones fundamentales existe una indeterminación (consideramos aleatoriedad real en la física), una «tirada probabilística» en la que se va decidiendo cómo el cuerpo actuará en el siguiente instante. Así, si yo estoy escribiendo es simplemente porque, entre una serie de posibilidades probabilísticas dadas por las condiciones iniciales de mi sistema, ha «salido» escribir esto. No deja de ser una hipótesis algo macabra. Seres que actuan con total aleatoriedad (cabe matizar que no es realmente total, sino que viene determinada por las posibilidades que siene el sujeto). Aun así, tiene una ventaja moral respecto a una visión mecanicista: si esto es así, no puede determinarse con certeza la evolución de un sistema complejo conociendo los parámetros iniciales. Aunque esto no ayuda mucho.
Y finalmente, dejando el tema de aleatoriedad o no, cabe la posibilidad de una Voluntad real, mayúscula. Tanto si la atribuimos a la existencia del alma, a la complejidad tal de nuestras mentes o a cualquier cosa, siempre es una posibilidad que está ahí. Y, aunque en principio indemostrable, es en la que sin duda nos sentimos más cómodos.
Bueno, esto es todo. Si alguien se lo ha leído entero, vaya aguante, porque debe ser un coñazo terrible. En cualquier caso no era de esto exactamente de lo que pensaba escribir sino que estas líneas son en producto de reflexionar un poco acerca de una conversación que tuve con Bloodshadow aquí presente (entre los usuarios). Así que igual os toca tragar con otro tocho de lo que me queda por ahí guardado :p