Pro Logos

Si algo podemos encontrar común en todo humano es la percepción de la brevedad de la vida que se nos concede. Y es igualmente común en los humanos que, en esta corta vida, uno elabore en lo más profundo de de ser una interminable lista de aquello que querría hacer. Y así, heme aquí, en una mentalmente bulliciosa noche, a fecha de seis de enero del año sexto del tercer milenio y con veinte minutos pasados de las dos de la madrugada, tratando de satisfacer, sacando punta penosamente a un deshecho lápiz publicitario bajo la blanquecina luz de un teléfono móvil, uno de los deseos impresos en mi lista personal. Escribir un libro.
No soy un gran narrador, ni un hábil artífice de la palabra. Pero aun así, como todo el mundo, durante mi corta existencia he adquirido percepciones acerca de todo lo que me rodea. Y así, carente de conocimientos previos, trataré de exponer con científica meticulosidad mi parecer acerca de todo aquello opinable.
Así, mi querido lector probablemente inexistente, aquí empieza el final del principio, y ahora acaba el principio de todo lo demás.

El prólogo del libro que tal vez nunca se escribirá

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