La grandeza de la educación

Bueno, como ya sabéis, curso segundo de Bachillerato. Y hoy me apetece especialmente despotricar acerca de éste, así que manos a la obra. Cada día me levanto a las siete y diez minutos de la mañana. Tengo suerte: el instituto está relativamente cerca de mi casa, así que llego sin problemas a las ocho en punto. Una vez en el edificio, me dirijo a mi clase: caras de sueño, aburrimiento y sufrimiento por lo que se avecina. Me siento en la silla que me sostendrá durante toda la mañana, al tiempo que entra la profesora de turno. En medio de un paraíso de total indiferencia hacia la asignatura, trato sin éxito de enterarme de algún de los monótonos discursos linguísticos. Pasa la clase pesadamente, y se hace el relevo: nuevo profesor, misma situación: indiferencia, falta de interés, explicaciones aburridas, carentes de gancho alguno que haga a los alumnos partícipes de la clase más allá de estúpidas preguntas del libro de turno. Llega un nuevo estilo, donde se analiza el pensamiento. Sin embargo, misma monotonía. Tostón infernal, indiferencia total. ¿Dónde está la motivación? Debe haberme caído por el camino. Al menos nos queda analizar el progreso de nuestra especie. Pero aun así, no encuentro ni una brizna de interés en quien me acompaña. Y esa insipidez se me transmite, sumiendome en el más profundo aburrimiento, solo en algún momento rescatado por la magnífica profesora. Pasa así el primer tramo, hasta las once horas de la mañana. Cuatro parcelas de aburrimiento, cuatro sinsabores, cuatro pérdidas de tiempo.

Llega la hora de volver a clase. Después de una mañana de letras, tenemos un espacio para las ciencias. Llega el moderno alquímico: una explicación otra vez aburrida, pero además incomprensible para la mayoría. Trato de intervenir, y no recibo ni el apoyo ni el desacuerdo en mis teorías. Nadie tiene ni idea de qué hablo. ¿Incultura?, yo creo que desinterés. Caigo entonces en la apatía. Relevo de profesores, esta vez, la vida como tema. Pesado mamotreto, teoría infumable en todos los aspectos. Me doy cuenta de qué va la clase: la profesora lee la lección, la gente copia la lección, la gente suspende pues no se entera de la mitad. Paso olímpicamente: yo ya se leer. Empiezo a sentirme crispado. ¿Qué demonios hago yo aquí? ¿Qué demonios hago dejando que me lean un libro?. Pesadamente me levanto: debo ir a clase de la ciencia empírica por excelencia, unos metros más allá de la mía. Me siento con desdén explícito. Espero tontamente que la clase de mi disciplina favorita sea distinta, pero no es así. El profesor se limita a proyectar en la pared un guión al tiempo que lo lee. Trato de intervenir, de aportar un toque de opinión. No recibo respuesta. ¿Nadie sabe nada de nada? Qué pena me da. La gente copia como escribanos medievales, y yo apoyo mi cabeza sobre la mochila, esperando pase la horrible hora. Pasa el tiempo, la cabeza me va a estallar. ¿Qué hago aquí?, se repite en mi cabeza. Podría perfectamente leer todo esto en mi casa, sin necesidad de asistir a clase: pero la asistencia obligatoria.
Por suerte ya ha acabado. Un día más, una tarde más perdida recuperándome de la horrible experiencia matutina. Pero a día siguiente no ha menos: aprender un idioma con gente que no tiene el más mínimo interés, sumado a lo mismo que el día anterior. Por suerte un poco de aire. La disciplina exacta logra, durante un lapso de tiempo, hacerme sentir motivado. Si bien mis compañeros son incapaces de compartir mi motivación, el buen profesor logra suplirlo.

Así es mi día a día. Una grupo en el que la llamemosle falta de interés, de capacidad o como os de la gana, me impide sentirme motivado, me impide desarrollar mi pensamiento pues no encuentro con quién contrastarlo mas allá de dos personas muy bien contadas. Una serie de profesores que, tal vez hartos de la clase magistral y en busca del máximo numero de aprobados, olvidan por completo a quienes necesitamos algo más, quienes queremos y requerimos una motivación para estudiar. Y una materia mal planteada, orientada a una prueba de Acceso a la Universidad. Me siento pues rodeado de indiferencia. Baso mi vida en el no hacer nada, y paso sin problemas los exámenes. ¿Qué motivación hay en esto? ¿Qué demonios hago yo estudiando algo que sin siquiera sentarme a leerlo puedo aprovar? Necesito alicientes, necesito que cada día sea un reto para mí. Que me levante por la mañana y desee llegar al instituto para superar los problemas que se me han planteado. Estoy harto de hacer de amanuense, quiero usar el razonamiento y no la memoria, quiero un ambiente propicio para aprender. No puedo más, y espero que el año que viene esto cambie. Porque si no es así, no creo que pueda superarlo.

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