Hoy, debido a un predecible en cierto modo resfriado, he tenido que abandonar mi puesto de estudio para refugiarme en la tranquilidad de mi casa. Pero no sin antes pasar por el cocina y tomarme el sobrecito multi-efecto anti-sintomático de turno. Y entonces, en ese estado semi-febril tan curioso que se experimenta cuando se está bajo los efectos de la mucosidad y el dolor de cabeza, me he puesto a reflexionar sobre la ciencia quedado dormido. Y ahora me ha dado (ahora en serio) por reflexionar sobre la ciencia y sobre la imagen que se tiene de ella.
Tal vez mucha gente identifique a los científicos con gente del estilo del dibujito que he puesto al principio del post: un químico perturbado que se dedica a mezclar compuestos con la finalidad de hacer explotar algo. Veo en el día a día una postura ante la ciencia de escepticismo, de tal vez incomprensión, viendo como se trata de lunáticos o como mínimo raros a aquellos que dedican su vida a la ciencia.
Puede, es cierto, que no sea lo más común entre la gente el amor por el conocimiento científico. Todos somos conscientes de que vivimos en un país donde no existe tradición científica, y donde la cultura se relaciona directamente con el Quijote o con los versos del poeta de turno. Es herejía el desconocimiento de aquello más básico en el ámbito literario, mas no hay problema en refugiarse en el recurrente «soy de letras» cuando se desconoce algo tan básico como el funcionamiento de un tubo fluorescente.
El problema es entonces la educación científica. Debemos promover el conocimiento científico y técnico, pues así es como evolucionaremos como sociedad y como especie. No podemos ladear la cabeza cuando se nos muestran cifras que demuestran que España invierte una cantidad muy por debajo de la media europea en materia de ciencia e investigación. Cuando Europa tenía una compleja y densa red ferroviaria, aquí se inauguraba el tramo Barcelona-Mataró. Cuando por el mundo empezaban a emerger las tecnologías de internet digitales, como es el ADSL, aquí nos conformábamos con lentas y carísimas conexiones, sabiendo que por ejemplo en Japón, donde se invirtió en fibra óptica cuando nadie apostaba aún por ella, ya habían conseguido desarrollar redes que en el resto del mundo no veremos hasta dentro de varios años. Nos dedicamos a comprar la tecnología que requerimos para avanzar a los mercados asiáticos y centroeuropeos, pagando precios prohibitivos por unos productos que perfectamente podría haberse desarrollado en nuestro país con esfuerzo e inversión. Y todo esto porque la ciencia y la tecnología en este país está desprestigiada y considerada como un saco roto por el que se escapa el dinero que tan bien podemos gastar en miles de chorradas inútiles.
Por tanto, como conclusión a este inconexo y probablemente incoherente texto, hago un llamamiento a la gente para que aprecie más a la ciencia, que trate de aprender más sobre el mundo que nos rodea y que promueva el aprendizaje de éstas disciplinas. Así, por lo menos, cuando tengan que tomar uno de esos sobrecillos multi-efecto anti-sintomáticos, comprenderán qué están tomando y, lo más importante, valorarán a los químicos y biólogos que hay detrás de cada una de estas fórmulas tan recurrentes. ¡Ésto es todo por hoy!
PS: Este post ha sido rescatado de, digamos, la versión Alplha de este blog que estaba alojada en otro servidor.

Sin comentarios
Los comentarios quedaron congelados cuando el blog se apagó. Este es un archivo de solo lectura.